A 25 años de su publicación

La lluvia es un elemento vivificante, es la pureza de los cielos del sur que en invierno nos invade de pies a cabeza. Sin embargo, no hay como la lluvia que se produce en Araucanía, porque no siempre es esa lluvia invasiva que todo lo cubre con su aliado el viento, muchas veces es una lluvia tenue, fina,  que se va desgajando como gotas de rocío, que humedece el rostro, pero más que eso, lo acaricia suavemente, sin invadir el pensamiento, dejando su letargo grabado en la memoria.

 Es allí donde se produce ese despertar excelso, la sutileza del alma, el clamor del pensamiento, el sentimiento por la oquedad profunda de la vida; esa semblanza que se va acrecentando en el ser de quienes reverberan  el sino espiritual de la poesía.     

De aquellos personajes que nacieron o vivieron en la región,  Wellington Rojas, seleccionó casi un centenar y los publicó en una antología que todavía hace historia: “MORADORES DE LA LLUVIA”, la llamó. Corría el año 1995 cuando las prensas de la imprenta Massiri, en Temuco, entregaron la primera y única edición de esta obra, que fue editada por la Universidad de Temuco. 

Allí quedaron plasmados los nombres de la gran mayoría de los poetas de la antigua Frontera: Malleco y Cautín, que con Angol como Capital Poética de Chile se hace representar por sus vates ilustres, como Pedro de Oña (1570-1643), primer poeta nacido en Chile, conocido por su obra “Arauco Domado”, además de otras publicaciones que salieron a la luz entre 1596 y 1639. Le sigue el angolino Diego Dublé Urrutia, poeta de dos siglos, Premio Nacional de literatura 1958, quien se diera a conocer con su libro “Veinte Años” (1898) siendo su obra más conocida “Fontana Cándida” (1953), en la que resume gran parte de su trabajo literario.

Para dar a conocer a estos cultores, maestros y genios de nuestra literatura, Rojas entregó las riendas del prólogo al no menos culto Volodia Teitelboim, quien en un despliegue de rauda erudición, impotente ante tanto verso en ciernes, decidió embarcarlos en un retórico “Tren de Poesía”, un tren que evocaba los exordios nerudianos de los trenes a vapor en que su padre llevaba lastre entre Temuco y Collipulli o de Temuco a Carahue, abismos de la lluvia.   

Pablo Neruda, residente de Temuco y Juvencio Valle, hijo dilecto de Almagro y Nueva Imperial, tienen su  particular presencia en las páginas de esta antología. No en vano el gran vate supo de “el corazón del aguacero”, “Yo perdí la lluvia y el viento” como dice en algunos versos de “Carta para que me traigan madera”, de su libro Estravagario (1958). Pero va más allá en su poema “Galopando en el sur”, del mismo libro:

Llueve, llueve con lenta lluvia

Llueve con agujas eternas

Y el caballo que galopaba

Se disolvió con la lluvia.

Luego de la publicación de “Moradores de la Lluvia”, Miguel Arteche en 1996 y Alfonso Calderón en 1998, recibieron el Premio Nacional de Literatura, justo merecimiento a sus dilatadas carreras en alas de la poesía.

También es reseñable en esta obra la presencia de Jorge Teiller, Jorge Jovet, Patricio Manss, José Elías Bolívar, sólo por nombrar algunos y una decena de mujeres: Beatriz Acuña, María Alfonso, Ligeia Balladares, Cecilia Castaings, Lita Gutiérrez, Narcisa Lezano, Eliana Navarro, Arinda Ojeda, Selva Saavedra y Norma Sierpe, cuyos poemas son también parte de esta “Morada”.

Veinticinco años se cumplen, este año que se inicia, de la publicación de Rojas Valdebenito, tiempo en el que no todos los moradores han podido seguir el curso de las aguas, muchos se quedaron en el camino o se los llevó la vida hacia el gran parnaso de los poetas, donde el cuerpo se consume y el alma vuela por los pabellones oníricos de la eternidad. Recordamos en esta nota la partida nostálgica en el último tiempo de Edmundo Herrera, de Renaico; Guido Eytel, de Temuco y Eulogio Suárez, de Nueva Imperial. 

Pero la vida sigue y allí están las promesas del ayer: Elicura Chuhuailaf, Humberto lagos, Guillermo Chávez, Omar Lara, Hugo Alister, Lionel Lienlaf, cuál más, cuál menos, pero todos pasajeros de la urbe literaria y de la cultura en general.

“MORADORES DE LA LLUVIA”, como lo dice Volodia Teitelboim, no es sólo un recuento de poetas. En sus casi medio millar de páginas se resumen cuatrocientos años de poesía, de personajes de la literatura nacidos en la Frontera y de algunos avecindados, cuyas obras todavía son motivo de constante consulta en bibliotecas públicas y familiares, por estudiantes y lectores, que valoran el sentido literario de los autores que Wellington Rojas Valdebenito, se esmeró en seleccionar, siendo en su mayoría poetas, escritores y periodistas a quienes conoció personalmente, invitándolos a compartir cordialmente esta “Morada”, que como hemos dicho, a la fecha, no ha perdido su vigencia.

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