S eptiembre es para los chilenos el mes de las Fiestas Patrias. Por eso mismo, el de las cuecas y las ricas “caldúas”, calentitas, cuyo jugo corre presuroso al primer “avance” y también de la rica chicha baya servida en “potrillos” de vítrea manufactura; el de los juegos tradicionales, del trompo, de la rayuela, del palo ensebado y los volantines…Estos últimos, llenos de colorido, cruzan el cielo con sus avances y arranques, disputándose las corrientes de aire ascendentes para llegar tan alto como es posible, dando un hermoso espectáculo, sobre todo en los pueblos y ciudades de la zona central, donde las lluvias ya han dado paso a un luminoso cielo azul. Grandes y chicos pueden entonces divertirse con el antiguo pasatiempo, que es parte de nuestras fiestas costumbristas de septiembre.

 

El juego del volantín se practica desde antaño en nuestro país. Pero pocos sabrán tal vez que, como muchas otras entretenciones este pasatiempo criollo tiene raíces chinas…El general Han Sin habría sido el legendario guerrero que en sus momentos de descanso gustaba de elevar estos artefactos en los cielos de su patria. Claro que esto acontecía unos doscientos años antes de la era actual. Su creativo, y a la vez simple entretenimiento, tuvo que esperar bastante tiempo para hacer conocida en todos los continentes, la atracción de su ligera presencia, lo gallardo de su vuelo y aquella destreza aérea que le permite competir con otros de su especie.

Dicen que a Chile el volantín habría llegado a mediados del siglo XVIII, en baúles y maletas de viaje de monjes benedictinos; quienes solían competir en sus ratos de ocio, con estos leves armatostes confeccionados con coligüe y papel de color.

Luego de la Independencia, cuando se comenzaron a celebrar las Fiestas Patrias, el juego del volantín ya rivalizaba con otros. Tanta era la afición que en cierto momento pasó a presentar un serio peligro, ya que los niños solían correr en busca de los “cortados”, en medio de los carruajes y caballos, corriendo riesgo ellos y entorpeciendo el tránsito de los coches y de los ciudadanos que paseaban por los parques.

En algunos lugares se armaban desafíos a los que concurrían campeones de todos los barrios vecinos y se hacían “bolas” tan inmensas, que según las crónicas no bastaba la fuerza de un hombre, por lo que se construían tornos especiales que eran adosados al suelo para poder manejar tamaño divertimento.

 

Bolas y cambuchas

La “bola” era un volantín redondo –de ahí su nombre- que se fabricaba generalmente de diversos colores, de papel o género bien resistente. Se hacían de todas dimensiones, desde el tamaño de un volantín común, hasta tres y cuatro metros de diámetro.

Otro tipo de volantín era la “estrella”, de tamaño menor que la bola y solían representar figuras de hombres, mujeres, militares, o personajes históricos.

El “volantín”, propiamente tal, era de formato cuadrado, al igual que los actuales, pero se hacían también de diversos tamaños. A los más grandes, que generalmente se diseñaban en género se les llamaba “pavos”. A los más chicos simplemente “volantín”, siendo éstos los más populares, incluso en la actualidad. Cuando son elevados sin cola reciben el nombre de “chupetes”, los cuales son también muy apreciados; pero en su construcción siempre debe haber una mano experta que sepa conjugar el armazón, el papel, la simetría del corte y la colocación de los “tirantes”, ya que de fallar uno de estos elementos el volantín pierde estabilidad y no se puede elevar en forma normal.

Para los niños la máxima entretención era un “chonchón” o “cambucha”, hecho generalmente de papel de cuaderno o de diarios viejos, sin armazón de palillos y una cola de papel o de cáñamo, con la que se entretenían corriendo por el barrio, los parques o potreros aledaños a los pueblos provincianos.

El esqueleto, armazón, maderos o “palillos” como generalmente se les llama, se hacían de coligüe bien seco y se les daba un grueso que estaba siempre acorde con el tamaño de la bola o volatín. Para unir el palillo con el papel, se usaba “cola”; un pegamento muy conocido, usado en mueblería, el cual venía en trozos duros, que debían ser calentados a baño maría. Una vez derretida la “cola” se aplicaba a los palillos, se cubría con el papel y se dejaba secar un rato: estaba listo el volantín.

El hilo usado para “encumbrar” estas leves armazones, tenía que ser resistente para luchar contra la fuerza del viento según el  tamaño del volantín o pavo. En los casos de las bolas, se usaban algunos tipos de cordeles de grosor considerable.

En casi todos los pueblos había lugares amplios donde a fines de invierno se comenzaba a practicar la elevación de los volantines. Siempre se sabía con anticipación la hora y el lugar donde iba a “encumbrar” una bola.

A estos lugares concurría la afición con gran cantidad de volantines de todas clases y dimensiones con el solo fin de “colear”, “tumbar” o “echar cortada” la bola, aunque muchas veces se echaban tumbados unos a otros antes de alcanzar a tocarla siquiera.

Los propietarios de la bola (porque siempre se necesitaban varias personas para moverla y colocarla en el aire), tomaban toda clase de precauciones a fin de no perderla en los percances o ataques aéreos  y cada cierto trecho ataban al cordel unos ganchos de alambre o bien le amarraban algunos “timbales”, que eran los encargados de enredar a posibles intrusos.

En la cola se le colocaban “medias lunas”, que consistían en pedazos de vidrios de botellas de los más cortantes.

Por su parte los frágiles volantines iban equipados con “cañuelas” de “hilo curado”, “colchado” o “envidriado” como se llamaba en el sur.

Alrededor de una “bola” se juntaban no menos de unos doscientos volantines pequeños, entre los que nunca faltaban los encargados de defenderla. Era esta una competencia de destreza, de habilidades, de saber usar los embates del viento, de saber “dar o quitar hilo” al aparato que se encumbraba, para evitar que cayera al suelo, donde inevitablemente era alcanzado por los “cazadores de volantines”, que con grandes garrochas recorrían estos campos para recuperar para sí los volantines “cortados”.

Generalmente estos encumbramientos obedecían a desafíos previos y durante la “comisión”, las mejores manos se llevaban los aplausos de la concurrencia. No raramente, estos encuentros terminaban en desórdenes en que a veces tenía que intervenir hasta la policía para disolverlos.

Los cronistas del volantín de principios del Siglo XX nos hablan del “lado higiénico” del juego, derivado de su aspecto deportivo, destacando la serie de movimientos y ejercicios que se requerían para practicar este entretenimiento y los beneficios que ellos traían al organismo.

El juego del volantín se sigue practicando, preferentemente de la zona central al norte, pero ya muy reglamentado; estando actualmente prohibido el uso del “hilo curado”, debido a las lesiones y, en casos extremos, muertes accidentales que este último ha provocado.

Es indudable que el Parque O”Higgins es hoy día en Santiago el reducto preferido para los practicantes de este entretenimiento. Es allí donde han surgido verdaderos artesanos en la construcción del volantín, quienes año a año tratan de mantener vigente este vistoso, colorido e ingenioso juego que resurge anualmente con la luminosidad de la primavera en el mes de la patria.

 

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