Cada 20 de enero, allá por la plaza Brasil de la capital se rinde homenaje a un personaje de la cultura popular, ya desaparecido, hace mucho tiempo de calles, bodegas, minas, laboreos, vías férreas, canales, puentes y caminos. Se trata de ese hombre de capacidades diferentes, que podía efectuar cualquier labor donde fuera necesaria la fuerza bruta, una inteligencia singular y la agudeza suficiente para cualquier trabajo. Este personaje de manoseado apodo no es otro que el “roto”, cuya denominación obedecía a individuos de una extracción muy fina del más bajo estrato de la sociedad chilena.

El Roto Chileno, Personaje en Extinción www.identidadyfuturio.cl hector alarcon

La denominación de “roto”, colocada en la más baja de las calificaciones tiene ancestros coloniales. Fue en el Cusco donde el bajo pueblo, observando la salida de los conquistadores que acompañarían a Pedro de Valdivia, se percató que las raídas prendas de la docena de soldados dejaban mucho que desear, por lo que los comentarios no se hicieron esperar: “Así se van éstos; todos rotos a Chile”.

El término, así acuñado trascendió en el tiempo y del soldado pasó al gañan, al cargador, al jornalero, carretero, al desocupado que hacía cualquier labor de fuerza por unos cuantos pesos, especialmente si su vestuario no estaba dentro de los márgenes de decencia establecidos por la moda.

Su vocabulario no fue el de los grandes salones y la frecuencia de palabras hirientes, chispeantes o groseras, que salían de su boca “ennoblecieron” el tamiz de su diaria vida al aire libre. Este “roto” sin profesión ni oficio, los transitó todos, si fuera necesario debiéramos decir que bajo la férula y el látigo del capataz, hizo el chile de los siglos XIX y XX, paleando ripio en los caminos, de carretero llevando mercaderías entre pueblos y como carrilano en la construcción del ferrocarril que fue la vía de progreso que unió gran parte del país.

En la agricultura fue la gran maquinaria que tras la mancera del arado sembró los fundos y las grandes haciendas y luego con echona en mano segó las sementeras en tiempos de cosecha y una vez recogido y envasado el grano, los pesados sacos pasaron por su hombros para ser guardados en bodegas y luego despachados vía ferrocarril a distintas partes del país.

El roto siempre fue libre de decidir donde pasar su vida: así estuvo en las salitreras, en las minas de carbón y en los minerales del norte, pero cuando la patria necesitó de sus servicios, el roto siempre estuvo en la brecha, el redoble del tambor y el toque ¡a la carga! de la corneta le fueron sonidos familiares durante la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana.

Fue allí donde los descendientes de los vencedores de Chacabuco y Maipú, a paso firme hollaron las arenas del río Santa y en la épica batalla de Yungay, supieron dejar muy en alto el tricolor chileno a cuyas glorias cantó el poeta Ramón Rengifo Cárdenas y sus versos unidos a la música de José Zapiola dieron vida al Himno de Yungay, conocida marcha de esta gesta que ha sido aclamada como la segunda Canción Nacional de Chile.

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Teniente Lorenzo Colipí.

Entre los héroes destacados de esas contiendas en suelo peruano figuró el teniente Lorenzo Colipí, quien hizo una meritoria defensa del puente de Llaclla, motivo por el cual fue ascendido y luego tuvo igual lucimiento en la defensa del puente de Buín, por lo que los soldados lo denominaron “El héroe de los puentes”. Era hijo del cacique saucino Juan Colipí, quien se jactaba de haber enviado dos mil lanzas a la guerra.

Y cómo no recordar a los rotos que fueron a la Guerra del Pacífico, que ya desde el desembarco de Pisagua dieron la nota de valor alentados por el arriesgado cabo Marinao, un marino mapuche que fue el primero en poner pie en tierra, al lanzarse al agua para acercar el bote en que sus compañeros trataban de ganar la orilla.

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En 1880 el escultor chileno Virginio Arias forjó en París la estatua que llamó Le defensor de la patrie, simbolizando a un joven francés con el arma en una mano, fiel reflejo de los campesinos defensores de la revolución. Esa estatua fue comprada años más tarde por el Gobierno de Chile y en 1888, fue instalada en la plaza Brasil de la capital, como homenaje al roto-soldado que había luchado con denuedo en la batalla de Yungay (20 de enero de 1839).

Hoy en día ya pasada la primera década del siglo XXI, el término “roto” está en boca de todas las clases sociales. Cada quien se cree “roto” cuando hace una galleza o quiere simbolizar alguna acción meritoria. No obstante también puede ser un término hiriente para quien tiene un mal comportamiento con los demás o con alguien en particular.

La verdad es que el “roto” se va alejando cada vez más de nuestra vida diaria. Al roto se le han hecho muchas “ofensas” que poco a poco van menoscabado su prestigio. Hace pocos años una ley dispuso que los sacos en general no podrían pesar más de 50 kilos; un avance sí, pero un desprestigio para los sansones que en las estaciones de ferrocarril se disputaban los sacos de 80 y más kilos, para cargarlos al hombro, solos desde el suelo.

También han desaparecido los cargadores de madera, que con su “tota” en ristre, se disputaban la carga de carros ferroviarios y camiones. Hoy el cargador frontal en pocos minutos hace el trabajo de varios rotos que anteriormente era común ver en las esquinas esperando la hora de hacer “una changa” de carga o descarga.

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Juan Verdejo, el “roto” de la revista Topaze.

Ya muy atrás quedaron los buenos tiempos del roto caricaturizado por Jorge Délano (Coke), quien basado en la figura del obrero de la construcción Isaías Aguilera, creó el personaje Juan Verdejo Larraín. Sobre este tema Coke expresó “Mi intención fue simbolizar, a través de su desaliñada indumentaria y ladina expresión, la idiosincrasia chilena, mezcla de bohemia y señorío”. En los años 40, siempre de la mano de Coke, Verdejo saltó al cine siendo personificado por el peruano nacionalizado chileno, el cómico Eugenio Retes, entretanto Verdejo era motivo de atención permanente en la revista Topaze (del mismo Coke), donde igual dialogaba con un político o con el Presidente de la República, como digno representante de la clase obrera chilena.

En Lautaro, el 18 de febrero de 1956 los hermanos Rudloff Kruger, de la Curtiembre Rudloff, donaron al pueblo una réplica de la estatua del Roto Chileno, en honor a su padre Carlos 2º Rudloff, creador de la industria. Ésta se encuentra ubicada en el centro de la plaza Jorge Teillier. Como mudo testigo de una época pasada, ya no existe la curtiembre, ya no están los rotos, los verdaderos, sólo algunas “réplicas” se pueden ver en el centro, muy de acuerdo a los tiempos: polera, blue jean y el celular a la mano, lo tiempos cambian, el roto también cambió.

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Estatua del Roto Chileno. Ésta se encuentra ubicada en el centro de la plaza Jorge Teillier de Lautaro.

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