Llampo Aurífero, cuento de Luis Valenzuela Castillo

Nuestro activo colaborador Luis Valenzuela Castillo, nos ha enviado este cuento con el que participó en el Concurso Regional de Cuento Breve “Oriel Álvarez Gómez”, en la ciudad de Vallenar, en el que participaron más de quinientos trabajos. Luis-Valenzuela-Castillo

Un brusco bandazo del vehículo al enfrentar inesperadamente una curva del camino vino a despertarme de mis absortos pensamientos, mientras trataba de controlar la máquina girando el volante repetidamente hacia uno y otro lado hasta por fin, detenerla atravesada en medio de la huella. Para recuperarme del buen susto que había experimentado, me senté al borde del camino sobre una gran piedra meditando lo sucedido, durante unos minutos entretuve la vista observando las paredes del valle, conformadas por cientos de estratos y capas de sedimentos plegados unos sobre otros, millones de años habían moldeado con infinita paciencia este idílico paisaje milenario. Recordé luego que mi destino era una faena minera ubicada unos kilómetros más hacia el Norte de Cerro Imán, sector por dónde conducía con premura ya cayendo la tarde. Arribando a la mina pude ver que una extensa veta que afloraba cómo una gran cuncuna negra que serpentea por las laderas arenosas, de los faldeos de la Sierra Pajas Blancas y, en la extensa corrida de este vetarrón aurífero,  una Pléyade de faenas entre las que destaca por un rústico peinecillo metálico  la mina “Fortuna”, mi objetivo de ese día.

Motivos laborales requerían mi presencia regularmente en esta faena, el productor minero, un hombre afable y empático, de fuerte contextura física era además el huinchero de la faena, actividad en la que demostraba gran destreza en su operación. De la roldana del peinecillo colgaba un tosco balde de fierro remachado con forma de caja rectangular, utilizado para extraer los minerales a través del pique que con fuerte inclinación, seguía el manteo de la veta a cuerpo de cerro.

 Entrada la tarde, el sol de un amarillo intenso y ya muy bajo en el cielo, indicaba que tendría poco tiempo para realizar mi trabajo. Apoyado en el marco del huinche el capataz me saludó con un leve gesto que respondí con mi mano, le indiqué que bajaría de inmediato al frente de la faena para medir los avances en el nivel de producción, recorrido que regularmente hacía por el camino auxiliar y me demandaba una media hora. Cargados mis equipos en el balde, el capataz insistió en que yo bajara también en él para ahorrar tiempo, en un comienzo me negué tajantemente pues, en general en estas faenas los equipos se encuentran en regular estado con condiciones de seguridad  marginales, el cable del huinche mostraba hilos cortados en los torones exteriores, en general equipos con poco énfasis en la seguridad, factor común de ver en las faenas de pirquén. Recordé que en visitas anteriores, me había percatado que este minero tenía el hábito de dejar frenado el huinche con un listón de madera apoyado entre el pedal y la estructura del equipo.

Mi lámpara sin carga, me hizo aceptar la idea de bajar dentro del balde sabiendo que en poco tiempo podría terminar el trabajo y volver rápidamente a mi hogar. Una corazonada me hizo que asegurara el tirante del balde con el trípode del taquímetro con varias vueltas de alambre negro, elemento muy útil en las minas, de manera que si este se salía de los rieles, se mantendría sin volcarse asegurado por esta amarra improvisada en el momento.

Acurrucado en el estrecho balde comenzó el descenso, lento al comienzo mientras la luz disminuía a medida que el brocal del pique iba quedando atrás. Ya en plena obscuridad percibí un aumento de velocidad del balde en su bajada, este comenzó a dar bandazos sobre los rieles y a tironear hundiéndome más en la caja de manera que mis rodillas y mi espalda, recibían las caricias del metal en cada uno de estos frenazos con que el operador en el exterior intentaba controlar la velocidad. En ese momento un fuerte golpe de las ruedas del carro sobre los rieles me hizo presentir que algo trágico ocurriría, mi mente trabajando aceleradamente me recordó la mala determinación de haber aceptado esta alternativa. Esos momentos deben haber sido escasos segundos, pero dada la condición en que me encontraba parecieron dilatarse y se transformaron en una eternidad. Mi mente procesando cientos de imágenes sin control, era el presagio de algo desafortunado y sólo reaccioné instintivamente apretándome fuertemente contra las paredes del balde esperando el golpe en el fondo del pique.  Un fuerte apretón sacudió mi humanidad contra el fondo del cajón metálico, haciéndome perder por instantes la conciencia y desvanecerme por tiempo indeterminado.

Recobré la conciencia en medio de una polvareda que asfixiaba mis afligidos pulmones, parecía que habían estallado comprimidos por el fuerte golpe, intenté salir pero no podía moverme, apretado dentro del balde mis brazos y piernas no respondían a las ordenes que mi mente les enviaba. Pasados unos instantes, asistido por los mineros del interior del pique, fui saliendo lenta y adoloridamente de mi momentánea tumba de metal, el polvo aún inundaba la galería y se desplazaba por esta dibujando en las paredes siniestras figuras proyectadas por los luminosos rayos de las lámparas de mis salvadores. Sobre unos bolones cercanos al pique, tiritaba descontroladamente sin poder contener los movimientos reflejos que embargaban todo mi cuerpo, en un instante, aún con la mortecina luz pude distinguir apenas la parte superior del balde hundido plenamente en la saca acumulada en el fondo del pique, ésta, compuesta en su mayor parte de fino llampo aurífero, había sido mi salvación,  amortiguó la caída del balde impidiendo un golpe seco y fatal.

Después unas horas de difícil ascenso, llegué a la superficie acompañado de los mineros que me ayudaron a subir por el camino auxiliar, afuera estaba muy oscuro, pero, en el diáfano cielo las estrellas me pareció que brillaban más intensamente que en otras pretéritas noches, el aire que aspiraban mis pulmones a plenitud, era dulce y vital, cada inspiración aumentaba mi frenesí de haber escapado ileso de la desafortunada experiencia recién vivida. En forma inconsciente, como un acto reflejo, mis piernas se doblaron apoyando mis rodillas en la  áspera superficie, abrí mis brazos y levanté la cabeza hacia el cielo en una inconsciente acción de agradecimiento. Al levantarme de ese momento de recogimiento espiritual e interior,  mi vista se encontró mágicamente con las Tres Marías titilando y brillando más que nunca en el fondo del prístino cielo estrellado.

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