El Astronauta, cuento de Lidia Cristina Lacava

Desde hacía tiempo esperaba el momento. Sabía que sería el primero en la historia del hombre, que recorrería la soledad  del espacio.

Lo habían preparado con dedicación y rigor. Era el más capacitado, dotado, y hábil de los pilotos postulantes.

Nada había en su mente, más que la misión a realizar y las técnicas a utilizar.

Como secreto de estado, fue preservada la noticia de los preparativos. Ni su familia ni los amigos conocían la proyectada proeza.

Faltaban pocas semanas para el gran día. Yuri deseó ver a su abuelo de quien no tenía noticias.

Dejó la ciudad y se adentró en los campos sembrados. En una de las granjas encontró al anciano, robusto y fuerte, que lo escrutó con su mirada azul.

-Me alegra que Yuri me recuerde. Entremos y conversemos de todo este tiempo de ausencia.

-Vine a despedirme. Haré un viaje y estaré fuera un tiempo.

¿Temes no regresar?

-No se trata de eso. Es un viaje a un país extranjero. Visita oficial.

-No es necesario que me engañes. Hace tiempo sé de la gran misión que debes cumplir en el espacio, adonde nadie llegó aún. Sé que te sorprende mi acerto, pero tengo amigos en este campo que me cuentan todo lo que es bueno saber. Se trata de los gnomos que viven en la tierra junto a las plantas. Nos une el amor a ella. Conversamos diariamente.

Uno de ellos, el Gnomo primero, es muy sabio. Me ha contado cosas de gnomos y cosas de hombres.

Me dijo que tú serías un hombre de la historia. Que verías la tierra desde fuera de ella y que no llegarías a viejo.

-También me cuentan cosas que les son propias. Y hablan del futuro del mundo.

Yuri no supo qué decir. Le sorprendía que su secreto fuera conocido fuera del propio ámbito.

El abuelo continuó su relato.

-Sabes Yuri, los gnomos son casi eternos. Algunos me han contado que tienen ochocientos años, pero están siempre igual. No crecen ni envejecen. Trabajan incansablemente y aman a la naturaleza en la que se sustentan y a la que ayudan.

Son adoradores de preciosos tesoros que jamás permiten poseer a los hombres. Muchos de estos buscadores de riqueza se han extraviado, porque los gnomos han intervenido, desorientándolos.

Yuri escuchaba sin creer ninguna palabra. Su abuelo lo miró largamente.

– Ve, hombre del espacio. Ve, hijo mío. Las poderosas fuerzas del infinito cielo se unirán a ti. Serás como una estrella para los hombres. Pero, ni la dicha ni la larga vida son para ti. Entrecerró los ojos y como si se hubiera despedido, entró en la casa.

Yuri volvió a su lugar de entrenamiento. No quiso recordar lo acontecido. Orientó su energía sólo en dirección al proyecto espacial.

El día lle. La expectativa razonable. El nerviosismo. El miedo. Las despedidas y saludos formales.

Yuri entró en la cámara que lo encerraría durante su paseo espacial. No quería pensar, pero su conciencia se escindía en dos naturalezas: una lógica y precisa; la otra humanizada y vacilante.

El conteo previo acabó. Ya era en el espacio, el primer hombre. Una extraña sensación de ingravidez se había adueñado de su alma. Su cuerpo estaba entrenado. Su corazón, no.

Comenzó a sentir que no “estaba”. Yacía, calculaba, interpretaba. Pero no “era”.  Se dijo a sí mismo: yo soy y estoy. Esto me sucede y yo lo produzco. Sólo cumplo con mi deber. Fue en vano. Se veía a sí mismo como un autómata, como un ente mecánico programado.

¿Dónde estaba el verdadero Yuri?  Ese alegre y joven espíritu que gozaba al poseer un privilegiado cuerpo.

Yuri se alejó del autómata. Lo vio desde arriba, concentrado en su tarea. Intentó atravesar las paredes de la cápsula. Rebotó…Lo intentó nuevamente. A la quinta vez

Pudo cruzar las metálicas barreras y se halló flotando en el vacío. Giró alrededor de la nave.

El Yuri autómata continuaba en su trabajo. Cálculos, interpretaciones y registros.

De pronto el Yuri verdadero se sintió arrastrado por una corriente que lo absorbió. Se halló dentro de un ámbito cerrado y luminoso.

Luego de brevísimo tiempo, de la nada apareció un hombre delgado y alto, vestido con traje espacial blanco nacarado. En la cabeza llevaba un yelmo muy adherido al cráneo y sobre la mano derecha enguantada, portaba una esfera cristalina facetada. Sus labios finos apenas se movieron al darle la bienvenida. Sus ojos azules no parpadeaban. Su gesto era casi imperceptiblemente amistoso.

-Viajero, te encuentras en la Base Atrión del Mundo Alfa Centauri. Estamos lejos de nuestro hogar.

Yuri no contestó. Escuchó sin muestras de asombro, confundido.

-Soy el comandante de este lugar. Sabíamos que te acercarías a nosotros. Te recibimos con beneplácito. Te invitamos a recorrer nuestra pequeña ciudad.

Con gesto sencillo lo introdujo en una galería que fácilmente permitiría el paso de un automóvil. Se deslizaron sobre una cinta transportadora, que en oportunidades emergía al espacio exterior, y en otras se internaba en gigantescos edificios traslúcidos con forma de esfera. Todo el paseo le fue relatado y explicado minuciosamente. Cuando regresaban, Yuri se dirigió a su interlocutor.

-No conozco tu nombre. Nada sé de ti. Me has mostrado tus secretos. ¿No temes que los divulgue?

-En absoluto. Mi nombre es Andromadeón. En cuanto a los que llamas secretos, te diré que sólo tienen por fin refrescar tu memoria. Por si no lo sabes, tú y yo somos hermanos. Surgimos de la misma microcélula  generativa. Yo crecí en nuestra cultura.

Tú fuiste transplantado al útero de una mujer terrestre. Al cumplirse el quinto mes de embarazo de la mujer que te gestó y que conoces como tu madre, el embrión humano fue injertado con componentes genéticos alfacentaurinos.

De allí en más, creciste, naciste y te formaste en la cultura terrestre. Desde nuestro mundo controlamos tu desarrollo y hemos venido a tu rescate.

Para nosotros eres un invalorable informe vivo, de lo que es la raza que anima el planeta Azul.

Lo escuchado hizo que Yuri se sintiera más confuso. Guardó silencio.

-No temas Hermano. Respetaremos tu deseo de regresar con los terrestres, si así lo quieres. Si aspiras a lo opuesto, sólo ven a vernos.

Dicho esto, Yuri se vio nuevamente flotando alrededor de su cápsula. El Yuri autómata seguía realizando su tarea.

Transcurrió más tiempo. No supo cuánto. Sintió que su hábitat espacial era muy reducido. Revisó mentalmente el pasado. Calculó el porvenir.

De pronto, tuvo una visión. Fugaz, clara y directa. Vio el espacio, los globos correteando en un tiempo eterno, las curvas de su ruta en velocidades impensables. Admiró las ciudades sin paredes y sin techos, escuchó la música de máquinas etéreas, adivinó el perfume de flores evanescentes.

Sintió la ansiedad de retener la fugaz imagen. Deseó que su cuerpo no pesara. Soñó que no caminaba, pues sus pensamientos eran el vehículo de traslación. Esa captación intransferible ya no lo abandonó.

Desde alguna Base de la Tierra , lo llamaron, le preguntaron, lo asesoraron. Datos técnicos, cifras y nuevas interpretaciones. Yuri se disponía a descender.

El mundo todo celebraba alborozado el Primer Viaje Espacial Humano. De todos los rincones llegaban saludos, admiración y gloria para el héroe.

Descendió del avión que lo llevó a la conferencia de prensa internacional. Por un momento, fue un hombre sagrado.

Pasado un tiempo, volvió al lugar que visitara antes de partir.  La granja del abuelo estaba casi abandonada. El anciano apareció en la puerta, antes de que llamaran a ella.

-Sabía que vendría. Lo esperaba con ansiedad. Sé que mi nieto Yuri no volverá. Los gnomos me dijeron que no llegaría a viejo.  Nunca creí que fuera a partir tan pronto.

-Le traje sus saludos. Es al único al que recordó cuando decidió quedarse con su “gente”.

-Le agradezco su preocupación. Usted se ve casi igual a él, pero “no es él” ¿Son ambos de la misma raza? 

– No abuelo, yo apenas soy un terrestre más.

Habiendo dicho esto, recorrió nuevamente el sendero con la cabeza baja. Llevaba la íntima convicción de que jamás volvería a ese lugar.

 

Lidia Cristina Lacava                                       

mail :     cristin0025@yahoo.com.ar

República Argentina

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