Pablo González Cuesta, es el nombre de este personaje que escribe con el seudónimo de Pablo Gonz. Es natural de Sevilla, habiéndose radicado en Valdivia desde el año 2001.

Es un escritor bastante conocido en su patria y sin embargo se vino a vivir al fin de mundo. Como dijimos en un artículo sobre él: su trabajo literario es diferente, moderno, atractivo y sumamente breve. Es un cultor de la nueva expresión minimalista del relato y naturalmente rompe esquemas.

El mundo de Internet ha obligado a reducir el contenido de las obras literarias, es más, ello está reduciendo ampliamente el mercado del libro. Es entendible que el uso frecuente de los medios a ella vinculados no dejan el tiempo necesario para disfrutar de una extensa obra literaria. Es aquí donde este movimiento minimalista encuadra perfectamente.

OBRAS:
  • La pasión de octubre, Barcelona 1996;
  • Experto en silencios, Palma de Mallorca, 1997;
  • Los hijos de León Armendiaguirre, Barcelona, 1998;
  • Libertad, Santiago, Chile 2008;
  • Mío, II Premio Encina de Plata de Novela Corta del Ayuntamiento de Navalmoral de la Mata (Cáceres), Badajoz, 2008;
  • La saliva del tigre, Valdivia, 2010.

Pablo nos ha autorizado para incluir en esta nota dos de sus mini cuentos o minificciones consignados en “La Saliva del Tigre”:

 Un día más

Despierta en la mitad de la noche con una natural congoja. En la mesilla, el reloj marca las diez y diez. “Imposible”, dice y se incorpora para encender la lámpara. En efecto el despertador está al revés. Son en realidad las cuatro menos veinte. Respira hondo sonriendo y da vuelta el reloj. Luego, apaga la luz y se tumba. Pero enseguida se incorpora de nuevo, gira cuatro veces más el reloj y ríe con demencia: acaba de ganar un día.

El destino de un hombre

Era un hombre duro, de campo con sus defectos. Lo reclutaron para la guerra. Le enseñaron a leer. Conoció los textos de los ideólogos. Se enardeció. En la batalla decisiva destacó como un héroe. Fue ascendido a comisario del partido. Fue nombrado ministro. Murió de viejo. Se le erigió una estatua en su pueblo. Y cuando triunfó la contrarevolución, quemaron el monumento y dispararon sobre su efigie. Luego, lo arrastraron con un tractor a las afueras. Era un hombre duro, de campo, con sus defectos.

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