La Cogo, Singularidades de una Góndola local

E n Angol le llamaban La Cogo, por no decir: “la cogotera”, porque citarla por el sobrenombre completo era muy denigrante, por eso el apócope; pero aunque se diga lo contrario, los angolinos apreciaban y querían como propio ese armatoste conformado por fierros, vidrios y ruedas que a diario recorría las calles de la ciudad y a la que los más conservadores conocían también como la góndola del pueblo.

Lo cierto es que La Cogo tenía su personalidad, habiendo logrado penetrar con su presencia el sutil sentido de la identidad en cada uno de sus habitantes. A pesar de eso, muchos la miraban con indiferencia, otros jamás la tomaban, porque ir de Rancagua o Colima al centro quedaba cerquita, pues en aquellos años de los 50 a los 70, era un sacrilegio gastar dinero en locomoción local.

¿Porqué le pusieron La Cogotera?, muchos creen que era porque pasaba por los barrios populares de la ciudad, pero en realidad el nombre nació de su singular aspecto de góndola santiaguina venida a menos, quizás el viaje desde la capital a La Frontera convirtió en gris los vivos colores que la vieron correr de Providencia a San Pablo o de Las Condes a Las Rejas y ese color gris de sus latas a punto de enmohecer, con asientos desvencijados y ventanales estrechos la hizo única en su género, porque no había otra que pudiera recorrer las calles angolinas entre la fina lluvia invernal y el calor sofocante del verano; ninguna podía llevar tantos pasajeros cuando funcionaba la SAMA o había partidos importantes, porque en casos como esos, los angolinos se acordaban de su presencia e irrumpían en desbande en su interior.

Y qué decir del chofer, un tipo alto, de rostro nervudo, pelo liso, lustroso, peinado a la gomina, de un color indefinible, tal vez como el de La Cogo; de bigote grande, casi a la mexicana, pero sin puntas, solía usar unas chaquetas amplias, largas, cruzadas, sin abotonar, lo que le daba el aspecto de un digno representante de la mejor película de Frankestein. Su tranquilidad al volante era proverbial; conversaba poco y el acelerador nunca fue su amigo. Sentado en su butaca era el rey, allí mandaba como un gran señor y aunque alguien lo pidiera, nunca aceleró el ritmo de la máquina más de lo necesario. Hoy en día muchos turistas dirían que ese hubiera sido un muy buen tour por la ciudad.

La Cogo nunca dejaba de circular, aunque su andar era lento y vacilante, subía sin problemas hasta lo alto de la calle Colima, allá donde terminaba el pueblo, por la calle Lientur, donde campeaban las carretas chanchas con sus overos colorados, estacionadas frente al restaurant Nahuelbuta y donde so pretexto de revisar la carga, los carreteros aprovechaban de echarse unos tragos al gaznate para sacar el polvo del camino; era su parada obligada antes de bajar por el barrio El Cañón, voceando su mercancía, generalmente de leña o carbón.

Allí también tenía el término de su recorrido la susodicha y entre el rumiar de los novillos y los gritos de los cerrucos, el chofer lograba girar su máquina para dejarla mirando hacia el bajo y allí la echaba a correr despacito como para no perder la costumbre.

El viaje de regreso hacia el centro y sur de la ciudad tenía otros atractivos, casi culturales. A su vera se encontraba con el Liceo de hombres, al otro lado del puente con la Escuela Normal y pasados Los Rieles se desviaba por Chacabuco hasta Soto Salas, retornando luego  por Rancagua, para tomar la pista hasta el Vergel, en cuyas puertas tenía el final de su recorrido. Generalmente los viajantes estaban constituidos por parejas que iban a pololear al parque y que luego iban a cultivarse un poco al Museo. Allí don Dillman en persona solía atender a los visitantes, explicándoles su controvertido descubrimiento de las urnas funerarias del pueblo Fokqueche, el porqué de la madera petrificada y el misterio de las piedras horadadas. De paso ofrecía algunos de sus folletos a un bajo precio, los mismos que hoy son buscados por la calidad de sus investigaciones.

¿Qué le pasó a La Cogo? ¿Por qué no se vio más por las calles angolinas? preguntas no tan difíciles de responder. A la verdadera Cogo, se la tragó el progreso, ese prurito exagerado de terminar con las cosas viejas, el crecimiento de la ciudad, la revisión técnica, el mejoramiento del parque vehicular, el cambio del sistema de vida de los angolinos y un sinfín de otras respuestas, todas ellas plenamente respaldadas, sirven para poner término a estas dos interrogantes.

Lo cierto es que la Cogo, ya no volverá jamás pero su nombre y su estampa se ubicarán siempre en las retinas y el pensamiento de quienes tuvimos el privilegio de verla rodar por las viejas calles angolinas, de viajar en sus corroídos asientos y de habernos dado la alegría de llevarnos en alguna oportunidad hasta el populoso barrio El Cañón, o hasta las puertas del hermoso fundo El Vergel.

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