Paracaidismo pionero en Chile

Teniente Francisco Lagreze

El año 1924 un alemán vino a Chile con el fin de promover un paracaídas de su invención. A pesar de haber visitado otros países del Cono Sur de nuestro Continente, no había encontrado voluntarios que se arriesgaran a saltar desde un avión. En Chile permaneció alrededor de dos meses, lapso en el que dos chilenos siguiendo sus instrucciones se lanzaron al espacio desde aviones en Santiago y Valparaíso.

El primero de ellos fue el Teniente de Ejército y aviador de la Escuela de Aviación Francisco Lagreze Pérez.

El segundo fue el Piloto Aviador Naval Agustín Alcayaga Jorquera.

Hoy, al cumplirse 80 años de aquellos primeros saltos en paracaídas desde un avión en sudamérica por nuestros connacionales, es propio rendirles un sentido homenaje y nada mejor que hacerlo recordando sus acciones llevadas a cabo el ya lejano año de 1924.

El paracaidista alemán Otto Heinecke

Aquel mes de septiembre de 1924, fue un mes especial. El día 11 había asumido el mando de la nación la Junta de Gobierno comandada por el General Luis Altamirano, como epílogo de aquel movimiento que pasó a la historia como “Ruido de Sables”, en el que un grupo de militares hizo saber su descontento a la autoridad haciendo sonar el arma de honor en el interior del Congreso Nacional.

Bajo un cielo embanderado de volantines multicolores, que se habían pavoneado por toda la elipse del Parque Cousiño durante las Fiestas Patrias, comenzaban a quedar atrás las celebraciones de aquel año. Y fue a fines de aquel mes glorioso cuando procedente de Argentina arribó a nuestro país un joven alemán que traía entre su equipaje un par de bolsos de tela en los que encerraba un valioso capital: dos paracaídas de su invención, con los que había realizado demostraciones con gran éxito en Argentina y Uruguay, destacando un salto con su esposa Elisa Schneider, que lo acompañaba, sobre la bahía de Montevideo.

Fue así como en nuestro país se conoció aquel adelanto práctico que estaba destinado a “salvar la vida de los pilotos en situaciones de emergencia”, como decía este personaje llamado Otto Heinecke, un alemán que algo entendía de español, pero no lo hablaba, a pesar de su permanencia en la Argentina, donde había llegado a fines de abril de 1923 en el famoso vapor “Cap Polonio”, que realizaba la carrera entre Europa y América.

Pero este paracaidista, al que los medios periodísticos llamaban indistintamente técnico o ingeniero, talvez no pasaba de ser un aviador de la época heroica, que había encontrado en un paracaídas mejorado por él, el medio de proteger a los aviadores cuando un desperfecto de su avión los precipitaba violentamente a tierra.

Este joven participaba en el frente de lucha de su país durante la Primera Guerra Mundial, cuando las autoridades aeronáuticas viendo la gran cantidad de pilotos que perdían la vida al ser derribados por el enemigo, decidieron acudir a sus méritos en esta materia un tanto desconocida para la época y lo colocaron al frente de un Curso de Paracaidistas en el que instruía principalmente a los aviadores que cumplirían labor en los frentes de batalla. Allí pudo perfeccionar aún más sus conocimientos, lo que decidió divulgar por el mundo una vez terminado el conflicto. Aparte de su gira por América junto a su esposa, el matrimonio había recorrido Dinamarca, Suecia, Noruega, Holanda, Suiza, Francia y Checoslovaquia, viajes que le habían proporcionado un buen dividendo en sus presentaciones.

La prensa nacional comienza a recoger sus impresiones recién el 25 de septiembre, haciendo presente que hacía varios días se hallaba en el país este personaje que ya había recorrido varios países de Europa mostrando su particular paracaídas.

Desde su llegada a América, Heinecke había tratado de interesar a potenciales postulantes para que realizaran saltos en paracaídas, con el fin de introducir este elemento para demostraciones en festivales aéreos y como elemento auxiliar de salvataje en caso de accidentes; sin embargo hasta esa fecha ningún valiente se había atrevido a lanzarse desde un avión con el pequeño paracaídas a la espalda como única tabla de salvación.

Por tal motivo y al igual como lo había hecho en la Argentina, Heinecke recurrió a la Aviación Militar para pedir el apoyo de un avión que le permitiera realizar las demostraciones necesarias. El día miércoles 24 de ese mes fue recibido por el Inspector General de Aviación General Luis Contreras Sotomayor, el Capitán Federico Barahona Walton, Director de la Escuela de Aviación y los oficiales del Plantel.

Se puede presumir que esta reunión ya había sido concertada con anterioridad y que nuestros aviadores conocían de las destrezas del paracaidista Heinecke, ya que pocos minutos después de las diez de la mañana, el Capitán Barahona personalmente se elevaba en un Avro, conduciendo al paracaidista para que demostrara sus cualidades ante este reducido grupo de espectadores.

A una altura de 620 metros, el paracaidista inició su descenso, permaneciendo dos minutos y 22 segundos en el aire, antes de posarse en la misma pista de aterrizaje de la Escuela, sin novedad y casi andando, como dijeron cronistas de la época, que estuvieron presentes en el lugar del lanzamiento.
Este impecable salto causó una gran expectación entre los presentes, siendo efusivamente felicitado el paracaidista por el General Contreras y oficiales presentes.

Según sus propias declaraciones, este era el 90º salto realizado por él, quien además se mostró muy complacido ante la pericia demostrada por el Capitán Barahona en los momentos de realizar el salto, quien se atuvo estrictamente a las instrucciones de Heinecke para estos efectos.
Ese mismo día la prensa informaba que el alemán daría algunas clases prácticas a los aviadores militares y el próximo lunes realizaría una segunda prueba ante el Sr. Ministro de Guerra y otros Jefes Superiores.

Es en este lapso, de fin de semana cuando se cambia el programa que Heinecke había dado a conocer a la prensa, con el fin de que el público no se enterara del próximo salto que realizaría el paracaidista, quién además había incentivado a los aviadores militares para que realizaran un salto de prueba.
Es posible que este fuera el motivo por el cual la Escuela pidió expresamente al acróbata que no difundiera la fecha exacta de su próxima demostración, en la que además un piloto militar se expondría a realizar un salto, con las consecuencias que eran imposibles de prever.

Por tal motivo ambas demostraciones fueron integradas a un festival aéreo que se realizaría ese día domingo, donde algunos niños presentarían aeromodelos impulsados por elástico y aviones de la Escuela realizarían variados ejercicios en el aire, nada especial, que llamara la atención del gran público capitalino, que en esos años no podía llegar muy fácilmente a El Bosque.

El Festival Aéreo en la Escuela de Aviación

Fue así como ese día domingo 28 de septiembre, a las 10:30 horas, ingresaba a la Escuela de Aviación el ministro de Guerra y Marina, Almirante Luis Gómez Carreño, nombrado recientemente en ese cargo por la Junta Militar, quien fue recibido con los honores de reglamento por el General Luis Contreras, el Capitán Barahona y toda la oficialidad.

Concurrían especialmente invitados los presidentes de la Corte Suprema y de Apelaciones de Santiago, jueces de letras, secretarios de tribunales y miembros de la aristocracia santiaguina.

La ceremonia se inició con un recorrido por las diversas reparticiones, incluidos hangares y la Maestranza de la Escuela.

Luego la comitiva oficial se dirigió a la cancha de deportes, donde se hallaban reunidos algunos niños que con más de treinta aeroplanos participaban en el primer concurso de aeromodelismo. Dicho concurso fue ganado por el jovencito Enrique Flores Alvarez, de 15 años de edad, quien presentó diez aeroplanos, haciéndose acreedor a una medalla de plata y cincuenta pesos, premio que le fue entregado por el Ministro de Guerra Almirante Luis Gómez Carreño.

A continuación el General Contreras invitó a las autoridades a presenciar los vuelos programados para ese día.
Los aviones estaban listos para recibir la orden de largada, por lo que a una señal fueron remontando el vuelo y ya en el aire ejecutaron diversos ejercicios de altura, distancia, reconocimiento y duración en el aire.

Concluidos éstos, los aviones aterrizaron, siendo felicitados los pilotos por el Almirante Gómez Carreño y autoridades presentes.

A continuación el paracaidista Heinecke fue presentado al ministro, dando una pequeña disertación sobre las capacidades de su paracaídas.

Luego de doblarlo convenientemente dentro de su funda, en cuya labor le colaboraba activamente su esposa Elisa, Heinecke acondicionó el implemento a su espalda y subió a la cabina trasera del Avro “José Abelardo Núñez”, piloteado por el teniente Rafael Sáenz.

En pocos minutos el avión alcanzó los 800 metros, altura programada para efectuar la prueba. En tanto desde tierra el público esperaba ansiosamente el segundo en que el acróbata iniciaría su espectáculo.

Un estruendoso aplauso se dejó oír cuando vieron a Heinecke lanzarse al vacío y luego de algunos segundos, su caída era detenida bruscamente al abrirse totalmente el paracaídas, iniciando alrededor de los setecientos metros, un suave descenso que lo trajo a tierra en la misma pista de aterrizaje.

El gran salto del Teniente Francisco Lagreze

Momentos más tarde, ante la natural expectación de los presentes, el Teniente Francisco Lagreze Pérez, se presentaba militarmente ante el General Contreras, pidiendo autorización para realizar un salto con el paracaídas de Heinecke, petición a la que el General accedió previa consulta al Almirante Gómez Carreño, quien viendo una gran decisión y valentía en este gesto del joven aviador para realizar tan arriesgada maniobra, no pudo menos que autorizarla.

Con paso firme y decidido el Teniente Lagreze, acompañado del paracaidista alemán, tomó colocación en la cabina del de Havilland piloteado por el Teniente Oscar Herreros Walker, el que lentamente tomó ubicación en el punto de despegue y se elevó por los aires.

El cielo azul, despejado de nubes colaboró en la ejecución del salto, que se realizó cuando el avión alcanzó los mil metros. Desde allí, luego de recibir las últimas instrucciones, el oficial saltó al espacio cayendo libremente durante algunos segundos, que parecieron interminables para los espectadores, quienes emitieron una exclamación de alivio cuando vieron desplegarse la seda del paracaídas, el que ya convertido en un gran hongo flotante, frenó bruscamente la caída del novel paracaidista, quien al llegar a tierra realizó una rápida flexión de piernas, lo que no le impidió golpearse sobre una piedra suelta del terreno, provocándole una ligera dislocación en un tobillo.

El descenso se calculó en menos de tres minutos y ya en tierra rápidamente Lagreze fue socorrido por el personal presente en el acto.

El público vibrante con la demostración de sangre fría y temeridad efectuada por el aviador chileno, invadió la pista ovacionando por espacio de varios minutos a Lagreze.
Una vez recogido el paracaídas y terminada la demostración, las autoridades y oficiales presentes en el acto se reunieron en el Casino de la Escuela, donde se colocó término a la intensa mañana de aviación.

El ingeniero Heinecke, como se le llamaba, anunció en la ocasión que realizaría algunos saltos en la capital, antes de regresar a su país.

Es así como el domingo 5 de octubre, programó un salto en los Campos de Sports de Ñuñoa, para lo cual las autoridades deportivas anunciaron un programa doble de fútbol entre Morning Star versus Green Gross y 1º de Mayo versus Ferroviarios y un programa atlético con los mejores representantes de la especialidad.

La prensa dio una amplia cobertura a este espectáculo, nominándolo como la única exhibición acrobática que realizaría el gran paracaidista ante el público capitalino, lo que auguraba una gran concurrencia a esta presentación.

La reunión deportiva se realizaría en tres canchas diferentes y se iniciaría a las 14:00 horas, calculando que el aviador Heinecke realizaría su salto casi al fin de los partidos de fútbol.

Uno de los ganchos de la presentación consistía en que el paracaídas podía abrirse hasta 25 metros del suelo, lo que causaba la natural expectación del público.

Unas dos mil personas se hicieron presentes en el primer recinto deportivo santiaguino, entre los que se contaba el embajador de EE.UU. Williams Müller Collier, personal de su embajada y numerosos jefes del Ejército y la Escuela de Aviación.

La reunión era amenizada por las alegres notas musicales de la banda del Regimiento Tacna, cuando minutos antes de las cinco de la tarde apareció en el cielo el avión Avro piloteado por el Teniente Rafael Sáenz, quien realizó algunas acrobacias sobre el campo deportivo, las que fueron muy bien recibidas por el público.
Heinecke, que acompañaba al piloto, realizó en esta oportunidad un salto desde unos mil metros de altura.

El público saludó con un aplauso cerrado al paracaidista cuando vio desplegarse el hongo de seda. Con el fin de que pudiera reconocer el lugar preciso del aterrizaje, se habían prendido algunas fogatas para que además pudiera tener una noción cabal de la dirección del viento.

Cuando el paracaidista se hallaba relativamente cerca de tierra abrió una gran bandera chilena de unos dos metros y la batió al viento desde las alturas, provocando el natural entusiasmo de los espectadores.

A segundos de tocar tierra, una ráfaga de viento lo alejó de su objetivo, llevándolo hasta una pequeña cancha lateral, por lo que una vez que hubo recogido su paracaídas, Heinecke se dirigió hasta la cancha principal donde los equipos 1º de Mayo y Ferroviarios, habían suspendido momentáneamente el partido para ver su destreza aérea. La ovación fue tal que obligó al paracaidista a dar una vuelta triunfal por la cancha.

Debido al éxito de esta presentación, algunos interesados intercedieron ante el Ministro de Guerra, para que autorizara a que un avión de la Escuela de Aviación, realizara una nueva demostración con el paracaidista alemán.

Concedido el permiso, el día domingo 19 de octubre se presentaba Heinecke en el Hipódromo Chile, en un Avro de la Escuela de Aviación, el que nuevamente estaba a los mandos del Teniente Rafael Sáenz.

Al igual que en la ocasión anterior, Sáenz realizó algunas acrobacias ante el público. Nuevamente Heinecke se lanzó desde mil metros, esta vez con gran precisión, ya que cayó frente a las tribunas, lo que permitió a los espectadores observar todos lo detalles del descenso.

Su impecable presentación entusiasmó a los directores del Hipódromo, quienes, una vez que el paracaidista recibió los elogios de la concurrencia, lo llevaron en un vehículo hasta el Club de La Unión, donde se bebió una copa de champaña en su honor.

Ante esta manifestación de cordialidad Heinecke anunció que participaría en la fiesta de los niños huérfanos y luego en el Día del Ejército y la Armada.
Así fue como el día domingo 25 de octubre, el Club Hípico de Santiago se vestía con sus mejores galas para recibir a un público que colmó las graderías con el objeto de presenciar el espectáculo que presentarían las fuerzas de mar tierra y aire en el Día Deportivo del Ejército y la Armada.

Presidían el imponente acto los generales Luis Altamirano, Juan Pablo Benett y el Almirante Francisco Neff, desempeñándose como anfitrión el Almirante Luis Gómez Carreño, Ministro de Guerra y Marina.

Entre las presentaciones de Regimientos y unidades de la Armada, destacó la participación de la Escuadrilla Mixta de Aviación Nº 1, compuesta por dos aviones Avro y dos de Havilland, al mando del Capitán Andrés Soza. Hubo un momento en que los aviones pasaron casi rozando las tribunas, a tal extremo que se creyó en un posible accidente. Luego de un cuarto de hora de evoluciones, los aviones regresaron a su base.

Tres de Havilland efectuaron en seguida una serie de vuelos acrobáticos, entre los que destacaron varios loopings, la “hoja seca” y otros que demostraron la eficiencia lograda por los pilotos de la Aviación
Militar.

En esta oportunidad destacó el salto efectuado por el paracaidista Heinecke, quien se lanzó desde un avión Avro, desde mil metros de altura, cayendo en la cancha de polo del Club, logrando un nutrido aplauso de la concurrencia.

Por aquellos años, luego de efectuada esta fiesta militar en Santiago, se realizaba posteriormente otra en Valparaíso, la ese año tuvo lugar el domingo 2 de noviembre. Heinecke se comprometió con la Armada para realizar un salto desde un bote volador durante esta fiesta que tenía por objeto reunir fondos para la construcción de un hogar para tripulantes.

Sin embargo un fuerte viento sur que soplaba a la hora del espectáculo, impidió la salida de los aviones navales, que también debían participar en esta fiesta, quedando por ende, suspendida la participación del paracaidista, hecho que fue muy lamentado entre el público, que quería conocer este nuevo aporte de la ciencia que ya se encontraba en el puerto.

El salto del Piloto 2º Aviador Naval Agustín Alcayaga

Aunque ese día los porteños se vieron defraudados por la ausencia de Heinecke, no tendrían que esperar demasiado para apreciar las bondades del paracaídas, ya que éste en su afán de preparar nuevos paracaidistas se había comprometido con la superioridad naval para dejar apto como tal a un hombre de sus filas.

Luego de un corto proceso teórico, el día martes 11 de noviembre de 1924, alrededor de las cuatro y media de la tarde, el bote volador Guardiamarina Zañartu, piloteado por el Teniente 1º Manuel Francke, despegaba desde Las Torpederas, llevando como copiloto al Teniente 2º Edison Díaz y como pasajeros al paracaidista Otto Heinecke y al Piloto 2º Agustín Alcayaga, el alumno elegido para realizar el salto, completando la nómina los mecánicos Constanzo y Gómez.

Luego de realizar algunas evoluciones sobre la ciudad, cuando se desplazaba sobre la plaza Sotomayor, tomó dirección hacia el muelle de pasajeros y a una altura de unos ochocientos metros se vio salir de la cabina a un hombre llevando a su espalda el paracaídas salvador que lo sustentaría hasta su descenso en el agua de la bahía.

En un momento determinado y luego de recibir las últimas instrucciones por parte de Heinecke, Alcayaga saltó al vacío. Eran las cinco y veinte de la tarde y el valeroso aviador naval realizó un caprichoso zigzag en el aire impulsado por el viento que lo llevó a desplazarse peligrosamente entre los buques surtos en el puerto, cayendo a un costado del “Almirante Latorre”, siendo socorrido oportunamente por una lancha, luego de haberse sumergido peligrosamente en el agua.

La noticia de que la Armada ya contaba con un paracaidista, se esparció por todos los cerros del puerto, situación que alentó a Heinecke a realizar una presentación en el Sporting Club, esta vez a beneficio de la construcción del Hospital Naval, cuyas obras estaban inconclusas.

Con el correr de los días la prensa entregó la noticia que todos esperaban: el piloto Alcayaga sería de la partida y esta vez acompañaría al paracaidista alemán en un salto en la cancha del Sporting Club.

El día 16 de noviembre, luego de presenciar un interesante partido entre Everton y La Cruz, el público se dispersó por las canchas del Sporting para esperar la llegada del bote volador “Guardiamarina Zañartu”. Pasadas las cinco y media de la tarde el avión sobrevoló la pista a baja altura, remontando hasta alcanzar unos seiscientos metros y cuando se ubicaba un poco al norte de las tribunas, los concurrentes vieron desprenderse un bulto desde el costado del avión, abriéndose luego el paracaídas. El público observaba con mucha atención como el paracaidista se movía en el aire tratando de dirigir su aparato hasta el sector de la pista, cuando de improviso se vio como éste desplegaba una hermosa bandera chilena, descendiendo luego en el centro mismo de la cancha de fútbol, donde fue recibido por el público que se abalanzó a felicitarlo.

Se trataba nada menos que del piloto Alcayaga, hecho que despertó en la concurrencia un gran entusiasmo, el que se expresó en delirantes aclamaciones.

Ocho minutos más tarde, cuando el público todavía no se reponía de la euforia por el salto de Alcayaga, Heinecke se lanzaba desde el bote volador piloteado por el Teniente 1º Manuel Francke, un minuto después, con el paracaídas completamente abierto desplegaba una bandera alemana y comenzaba a disparar voladores. El viento le jugó una mala pasada, llevándolo hasta el sector de la cancha de tenis, desde donde el público lo condujo en andas hasta las tribunas. Luego ambos paracaidistas fueron llevados hasta los salones del Sporting, donde se reunieron los directores de esa institución y algunos amigos que deseaban exteriorizarles su admiración y simpatía por el brillante éxito de la prueba con que habían deleitado al público esa tarde.

Esta fue la última presentación en nuestro país del paracaidista Otto Heinecke, quien no sólo introdujo esta disciplina en el país, sino que la hizo conocida y lo que es más interesante permitió que dos chilenos, el aviador Teniente de Ejército Francisco Lagreze Pérez y el Piloto Aviador Naval Agustín Alcayaga, pudieran realizar saltos con sus paracaídas, convirtiendo al primero de ellos en el primer sudamericano en saltar en paracaídas desde un avión y al segundo en el primer sudamericano en hacerlo sobre el agua.

Con este verdadero bautizo de nuestros primeros paracaidistas, Heinecke regresó a su país, para seguir construyendo y mejorando su producto. Un par de años más tarde nuestra aviación militar le adquirirá en Alemania los primeros paracaídas comprados para nuestros aviadores.

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